Le acercas la nariz a la patita de tu perro casi sin pensarlo, y ahí está: ese olor inconfundible a frituras de maíz. No es tu imaginación ni casualidad, y definitivamente tu perro no se metió a escondidas a la alacena. La explicación tiene nombre, apellido y hasta veterinarios especializados que la han estudiado.
El culpable principal es un par de bacterias llamadas Pseudomonas y Proteus, que viven de forma natural en el ambiente, incluido el suelo por donde camina tu perro todos los días. Según explicó el director veterinario del American Kennel Club, Jerry Klein, en entrevista con el medio científico Live Science, estas bacterias se instalan en las patas junto con hongos como la Malassezia, y ahí es donde empieza la magia (o la ciencia).
Aquí está el dato que pocos conocen: los perros no sudan como los humanos por todo el cuerpo, sino principalmente a través de las almohadillas de sus patas. Como andan descalzos las 24 horas del día, esa piel está en contacto constante con distintos tipos de microorganismos, algo que no pasa con el resto de su cuerpo, protegido por el pelaje. Esa combinación de sudor, calor y humedad crea el ambiente perfecto para que las bacterias se multipliquen y hagan su trabajo.
Las bacterias y levaduras descomponen componentes del sudor y de la queratina de la piel, liberando compuestos volátiles como ciertos ácidos grasos. Resulta que esas moléculas son químicamente parecidas a las que se generan al tostar maíz o elaborar frituras de queso, de ahí que tantas personas relacionen el olor con Cheetos, Doritos o hasta palomitas. No es que el perro literalmente huela a comida: es que, por una coincidencia química, los compuestos que produce su piel se parecen mucho a los de una bolsa de botana.
La buena noticia es que este olor, por sí solo, no es sinónimo de ninguna enfermedad. Es simplemente parte de vivir con patas descubiertas en contacto constante con el mundo exterior. Eso sí, hay señales que si conviene vigilar: si el perro se lame o muerde las patas de forma insistente, si hay enrojecimiento, piel húmeda o descamada, hinchazón o cojera, ahí sí podría tratarse de una infección bacteriana o fúngica más seria, o una alergia que necesita revisión veterinaria.
Los especialistas recomiendan una higiene moderada: lavar las patas con agua tibia después de paseos particularmente sucios y secarlas bien, sobre todo entre los dedos. Lo que no recomiendan es exagerar con jabones agresivos o desinfectantes fuertes, ya que pueden alterar el equilibrio natural de la piel y terminar generando más problemas que soluciones.
Así que la próxima vez que le huelas la pata a tu perro y te llegue ese aroma a frituras, no hay de qué preocuparse. Es solo su forma muy particular (y bastante tierna) de recordarte que, aunque parezca mentira, hasta el olor de sus patitas tiene una explicación completamente científica.



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