Salió del huevo el mismo año en que nacieron Maximiliano I, cabeza del Segundo Imperio Mexicano, y Miguel Miramón, el presidente que le dio el título, pero el animal más viejo del mundo tiene «transcripción genética de alta fidelidad»
En el año 1882, cuando contaba con 50 años, Jonathan fue llevado en un recorrido de alrededor de 6 mil 800 kilómetros desde las islas Seychelles hasta la de Santa Elena Jonathan como un regalo para sir William Grey Wilson, quien al poco de recibirlo fue nombrado gobernador de la isla.
Se calcula que Jonathan, como tortuga que es, eclosionó de un huevo en 1832, el mismo año en que nacieron, por ejemplo, Maximiliano I, el Archiduque de Austria que se convirtió en la cabeza del Segundo Imperio Mexicano, y Miguel Miramón, quien fue presidente y terminó siendo fusilado en 1867 junto a Maximiliano.
Así, mientras William Wilson murió hace ya 100 años, Jonathan tiene 194, sigue viviendo en Santa Elena y es considerado el animal terrestre más longevo del mundo (pues hay tiburones aun más antiguos).
Y este miércoles se publicaron en la revista Science Advances los resultados de un análisis que muestra que el secreto de su larga existencia está su privilegiada genética y, sobre todo, en su aun más privilegiada epigenética.
Buenos genes y mejor epigenética
Jonathan es un ejemplar de una especie muy longeva, la de las tortugas gigantes de Aldabra (Aldabrachelys gigantea hololissa) de las Seychelles, que suelen vivir alrededor de 100 años.
La secuenciación de su genoma y el de otras tortugas de Aldabra hecha por el equipo se investigación de Estados Unidos, Reino Unido, Dinamarca y Alemania, identificó que la especie tiene 287 variantes genéticas únicas que reducen los efectos habituales del envejecimiento.
Esas variantes controlan procesos claves del organismo que evitan que las células envejezcan como la reparación del daño en el ADN, la reducción de la inflamación, la regulación de la insulina y la supresión del cáncer.
Además, el equipo científico estudió la epigenética de esas tortugas, que se puede decir que es el conjunto de «etiquetas» o «instrucciones» químicas que se unen a su ADN que regulan qué genes se encienden y apagan en las células.
Las «etiquetas» químicas es una forma de llamar a la incorporación de moléculas de metilo en ciertas zonas del ADN, que no alteran los genes sino sólo su expresiónm por lo que al conjunto se le conoce como metiloma.
En el caso de Jonathan, se vio que su metiloma, por un lado, mete muy poco «ruido» en los genes relacionados con las funciones de las mitocondrias, el procesamiento del ARN y la reparación del genoma, por lo que la tortuga posee lo que se puede llamar «transcripción genética de alta fidelidad» que le confiere una resistencia única frente al envejecimiento.
Al hacer las comparaciones, el equipo vio que el metiloma de Jonathan es muy similar a los de sus parientes más jóvenes.
Jonathan, un colaborador contra el envejecimiento
«Trabajar con una tortuga gigante tan longeva es un verdadero privilegio: uno llega a sentir que la tortuga es una colaboradora, y no simplemente un sujeto de estudio», dice Justin Gerlach, coautor del estudio, en comunicado de la Universidad de Cambridge.
Stephen Clark, autor principal del estudio, comenta por su parte que «la naturaleza ya ha resuelto el enigma del envejecimiento de formas asombrosas, y el genoma de Jonathan ofrece un modelo de resiliencia celular«.
Agrega que ahora el objetivo del equipo «es aprovechar estos conocimientos evolutivos y traducirlos de inmediato en tratamientos prácticos y asequibles para la gente.
«El envejecimiento es el principal factor de riesgo de casi todas las enfermedades crónicas a las que nos enfrentamos y, gracias a la generosidad de socios filántropos, podemos democratizar el acceso a la medicina de la longevidad», concluye.



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