octubre 1, 2026

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GUARDAR UN TEXTIL, CONSERVAR UNA HISTORIA ENTRE LAS HUELLAS DEL TIEMPO

La mesa de diálogo y el ejercicio de microficciones de «Memorias Latentes, una arqueología sensitiva» reunieron este miércoles en el Centro Cultural de las Fronteras recuerdos vinculados con las prácticas textiles

Ana aprendió a tejer en la cárcel. A principios de los años noventa, durante los cuatro años que permaneció recluida en el Centro de Readaptación Social para Adultos de Ciudad Juárez, una compañera le enseñó una técnica de tejido que desde entonces forma parte de su historia.

En aquel lugar, donde recuerda haber presenciado desigualdades e injusticias, también hubo espacio para compartir un conocimiento. Su aprendizaje nació del encuentro con otra mujer en un contexto de reclusión, una experiencia que este miércoles llevó a una conversación sobre los vínculos entre los textiles y la memoria.

Su historia fue una de las compartidas durante la mesa de diálogo “Los objetos como activadores de memoria” y la actividad “Fabular el objeto”, dedicada a la elaboración de microficciones, como parte de “Memorias Latentes, una arqueología sensitiva”.

La cita fue este miércoles 30 de septiembre, a las 18:00 horas, en la Sala Torre del Centro Cultural de las Fronteras (CCF).

Johana Ríos, maestra de procesos creativos e integrante del Taller de Textiles del Instituto de Arquitectura, Diseño y Arte de la Universidad Autónoma de Ciudad Juárez (IADA-UACJ), explicó que el encuentro fue una activación vinculada con la exposición de archivo textil.

El propósito fue conversar sobre objetos relacionados con el bordado, la costura y el tejido, especialmente aquellos que se conservan en el espacio doméstico y cuyo valor está ligado a las personas, los momentos y los aprendizajes que evocan.

“Muchas veces les otorgamos mucho sentido simbólico. En esta activación buscamos despertar esa memoria y replantearnos esos objetos desde otras perspectivas”, explicó.

El relato de Ana permitió reconocer que los saberes textiles recorren caminos diversos. Aunque con frecuencia se transmiten entre generaciones de una familia, también pueden aprenderse de personas con quienes se comparte una etapa difícil de la vida.

“Ese es justamente parte del sentido de la exposición”, señaló Ríos.

Entre quienes participaron hubo personas ajenas a la academia, como Ana, pero que aportaron conocimientos construidos en la vida cotidiana: al hacer, utilizar y resguardar piezas que, con el tiempo, se convierten en pequeños archivos personales.

Otro de los relatos fue el de Roberto Gómez, quien conserva piezas textiles que le recuerdan a su tía. De acuerdo con lo compartido durante el encuentro, su muerte estuvo vinculada con una negligencia médica.

A través de los años y de distintos cambios de casa, Roberto ha mantenido esos objetos bajo su cuidado. Algunas piezas llegaron a mojarse, pero incluso con las huellas de esas condiciones siguen siendo un vínculo con ella.

Para Ríos, estas experiencias permiten comprender las distintas maneras de preservar la memoria y las condiciones, a veces precarias, en las que se conservan los objetos y se construyen los conocimientos textiles.

Una pieza guardada en casa puede contener algo que difícilmente aparece en los grandes archivos: el recuerdo de una persona querida, un aprendizaje compartido o una experiencia que transformó la vida de quien la conserva.

Al hablar sobre la importancia de mantener vivas estas memorias, Ríos destacó el valor de los relatos cotidianos que acompañan a la historia documentada en bibliotecas y otros repositorios.

“Son formas de perpetuarnos como personas. Estos microrrelatos también valen la pena ser contados; también hacen y construyen nuestra comunidad y nuestra memoria”, expresó.

Así, la historia de Ana y los objetos que Roberto resguarda encontraron un lugar en una memoria compartida. Cada uno, desde su propia experiencia, aportó un hilo para reconocer cómo los afectos y los saberes cotidianos también entretejen la historia de una comunidad.