El populista Trump quiere acciones espectaculares que le reditúen votos a los suyos en las elecciones de noviembre, pues el escándalo Epstein y la guerra con Irán lo han desgastado y necesita con urgencia imágenes que le devuelvan la popularidad.
A un populista no se le detiene con populismo. Si Claudia Sheinbaum quiere neutralizar el embate de Donald Trump tiene que despojarse del maniqueísmo simbólico que le legó López Obrador, apelar a su formación científica y asirse con todas sus fuerzas al realismo. Esto aplica a dos de los frentes que ha abierto Trump, el crimen organizado y Cuba. Veamos.
El populista capitaliza el enojo de la mayoría social contra una de las élites, la económica, y lo hace extensivo a las demás. No sólo culpa de oprimir y explotar al pueblo a la minoría de ricos sino también a sus cómplices en la cúpula política y, lo más grave, a los notables de la academia y las ciencias. El elitismo en todas sus expresiones es su enemigo. Y lo peor es que a veces la realidad nutre el repudio: en Estados Unidos, por ejemplo, una descabellada teoría conspirativa de un círculo de pedófilos manejado por políticos y empresarios demócratas resultó innecesaria, porque algo similar existió en la isla del magnate Jeffrey Epstein, aunque con participantes de los dos partidos. No excluyó de la concupiscencia a ninguna cofradía privilegiada. Reclutó a presidentes, príncipes, multimillonarios y sí, también académicos y científicos. Conclusión populista: todas las élites son perversas y decadentes.
La característica más dañina del populismo, en efecto, es el rechazo al conocimiento que emana del antielitismo. Si todo lo que hagan las minorías es deleznable, entonces lo que produzcan investigadores con posgrados ha de ser al menos objeto de sospecha. Los avances de la ciencia no procuran el beneficio popular, se sentencia, luego hay que desconfiar de ellos o de plano rechazarlos, como han hecho con las vacunas. De una preocupación legítima por la tentación de las élites a la endogamia se desprende una generalización ilegítima que sataniza a los expertos y empodera a los demagogos.

Pues bien, he aquí que los gobiernos populistas de derecha e izquierda que instauraron Donald Trump y AMLO se cruzan hoy. Con una interesante diferencia: el trumpismo 2.0 ha subido de tono, mientras que el segundo piso de la 4T está enfrascado en un debate entre la reimpresión y la reedición matizada. Sheinbaum, más proclive a aceptar los dictados científicos que su predecesor, no termina de decantarse. Más aún, tengo para mí que los dolorosos desencuentros con su homólogo gringo la han llevado a desconfiar un poco del populismo. El problema es que su base social, su equipo de trabajo y la lógica que la llevaron a la Presidencia la arrastran por ese camino. Ella también recurre, aunque con menos enjundia que AMLO, al binarismo del pueblo bueno y las élites malas, con la diferencia de que cada vez que tiene que levantar el tiradero que le heredó su mentor constata que las instituciones maltrechas no le dan para enfrentar al bully del norte. En el ámbito de la seguridad, en particular, su posición es precaria. El laissez faire del obradorismo le dejó un crimen organizado más extendido y más rapaz que la mete en predicamentos cada vez que es acusada de presidir una nación controlada por los cárteles.
El populista Trump quiere acciones espectaculares que le reditúen votos a los suyos en las elecciones de noviembre, pues el escándalo Epstein y la guerra con Irán lo han desgastado y necesita con urgencia imágenes que le devuelvan la popularidad. La no tan populista presidenta de México le ha entregado un centenar de narcos, pero se niega a permitir la presencia de policías o militares estadunidenses en suelo mexicano y a darle cabezas de políticos. Esas dos líneas rojas empiezan a desdibujarse ante al ímpetu trumpiano. Y es que ya se acabaron los nombres prominentes de la lista de los capos más buscados, y hay resistencias a entregar políticos coludidos con la criminalidad porque muchos de ellos son cercanos a AMLO. El FBI, la DEA, la CIA et al quieren más, y Donald Trump busca un golpe grande. ¿Qué va a hacer? Ningún criminal libre tiene el tamaño del Mencho y, a la luz del desmantelamiento que nuestro Ejército ha hecho de centros de producción de drogas sintéticas, el bombardeo con drones estadunidenses de laboratorios de fentanilo no tendría los efectos mediáticos que desea. Pareciera, pues, que lo único que podría darle el home run anhelado sería atrapar a un político de alto perfil, a alguien que ocupe un cargo conspicuo en la 4T.
Claudia Sheinbaum ha trabajado seriamente este tema, a diferencia de AMLO. Se ha rodeado de especialistas y ha diseñado e implementado políticas públicas sustentadas en el conocimiento de las satanizadas élites académicas. En lo que toca a la seguridad, la asignatura pendiente más compleja, ha superado la perversa ingenuidad de que las becas desfondarán a los cárteles y los ha atacado en su logística paramilitar. ¿Qué sucedería si Trump cruza las líneas rojas? El populismo, que a él lo llevaría a procurar el efectismo espectacular, llevaría a Sheinbaum a refugiarse en el nacionalismo antiimperialista. Pero ella sabe que sin el T-MEC nuestra economía se cuartearía y Venezuela ya le mostró las consecuencias del desastre económico. Entonces ¿cuál es aquí la élite mala contra la que hay que pelear? ¿La élite que gobierna Estados Unidos o la del crimen organizado, que vive en amasiato con la de muchos gobernantes y empresarios mexicanos? Lo mejor, y lo más difícil, sería romper con las ataduras de su predecesor –que no necesariamente con su movimiento– y actuar como una jefa de Estado capaz de deshacer el pacto de impunidad y con él su principal vulnerabilidad al lidiar con el bully.
Ahora veamos la encrucijada de Cuba, que ha sido para la izquierda latinoamericana símbolo de resistencia heroica contra el imperialismo. Es el país que se admira de lejos, el que suscita solidaridad, no imitación, donde se quiere tener amigos, no domicilio. Hace muchísimos años que su régimen se volvió indefendible. Las condiciones en que viven sus habitantes son inhumanas, y no sólo ni principalmente por embargos o bloqueos externos sino sobre todo por incompetencias e impertinencias internas. Desde luego que lo ideal sería que los cubanos se sacudieran por sí mismos el yugo dictatorial pero el hecho –triste, sin duda– es que es Donald Trump quien tiene apergollados a sus dirigentes y es imperativo encarar esta realidad. La disyuntiva de la presidenta de México es entre dos contradicciones: defender como populista a la élite opresora del castrismo o catalizar como estadista la emancipación del pueblo de Cuba. Cierto, el gobierno estadunidense parece inclinarse por una perestroika sin glasnost –que la economía se abra a la inversión privada aunque la política se mantenga cerrada a la democracia plural–, lo cual también parece satisfacer a la nomenklatura de la isla: uno promueve negocios y la otra conserva su coto de poder. Ojalá no sea así, porque sin cambio democrático no habrá liberación –quiero suponer que Marco Rubio intentará persuadir de ello a Trump–; lo cierto es que hay ahí otro espacio donde debería rebasarse el simbolismo: el impulso democratizador.
Claudia Sheinbaum tiene que escoger a cuáles élites combatir. Si se sacudiera el populismo, no le cabría la menor duda: a la élite del crimen organizado y a la élite de la autocracia cubana. Sólo así podría detener las embestidas de Donald Trump.
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Texto publicado en la edición 34 de la revista Proceso, correspondiente a abril de 2026, cuyo ejemplar digital puede adquirirse en este enlace.



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