mayo 1, 2026

CALIBRE800RADIO

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‘HAY HERIDAS QUE EL TIEMPO NO CIERRA’…

Dieciséis años después de la desaparición y feminicidio de Idalí Juache Laguna, su nombre sigue pronunciándose en voz de su madre, pero también en la memoria colectiva de una ciudad que ha aprendido a contar ausencias. No es solo el dolor de una familia: es la herida abierta de una sociedad que se sabe vulnerable y desprotegida.

El caso, como tantos otros en Ciudad Juárez, exhibe una constante: investigaciones tardías, procesos fragmentados y sentencias que no siempre alcanzan a reconstruir la verdad completa.

Hubo restos hallados, hubo detenidos, hubo condenas ejemplares en otros expedientes vinculados al mismo patrón criminal. Pero también hubo liberaciones por tecnicismos, fallas procesales y argumentos jurídicos que, aunque legales, resultan incomprensibles para quienes esperan justicia. En 2019, uno de los implicados en el caso de Idalí recuperó la libertad. Desde entonces, la sensación de deuda persiste.

El problema es aparte del expediente, la estructura. Desde fiscalías sin recursos básicos hasta jueces que privilegian formalismos sobre el fondo de los casos, el sistema ha normalizado la impunidad como desenlace posible. La falta de perspectiva de género en investigaciones, la pérdida de evidencia, las omisiones en diligencias y la costumbre de que un error técnico derrumbe años de trabajo consolidan un mensaje devastador: la justicia puede ser frágil cuando más se necesita firme.

Las cifras nacionales de personas desaparecidas —más de 131 mil— duelen, son familias, historias sus-pendidas. Cada liberación por fallas procesales erosiona la confianza pública y amplía la distancia entre ciudadanía e instituciones.

Cuando una madre vuelve al memorial a pintar cruces rosas, no solo honra a su hija: recuerda al Estado su obligación incumplida. Si las autoridades investigadoras no integran casos sólidos y si los jueces convierten la técnica en refugio para la impunidad, el sistema entero falla. Y cuando la justicia falla de manera reiterada en casos de violencia de género, el dolor deja de ser privado y se convierte en una deuda colectiva.